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Que el sol salga para todos, un deber moral

La inmunidad colectiva aún está lejos. Haití, África y países del sur de Asia, tienen la menor cantidad de vacunados y necesitan de apoyo para continuar con la vacunación. El sol debe brillar para todos, y los países más grandes deben apoyar.

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19 ago. 2021

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Observatorio de Pandemias

ANTECEDENTES

 

Desde marzo del año 2020 cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que el COVID-19 pasaba de ser emergencia de salud pública a ser reconocida y combatida como pandemia que ponía en riesgo a toda la población mundial, estaba claro que vencer al SARS CoV2 y el fin de la pandemia estaban directamente relacionados a la adopción de acciones globales coordinadas.

 

Pero desde el inicio, los países han venido actuando con la OMS en segundo plano. En el 2020, países como China (por opacidad), EEUU (por negación), Gran Bretaña (por privilegiar la economía) y otros, se expusieron a los embates de las primeras olas de contagios, a la circulación indiscriminada de información falsa y finalmente, tras corregir, adoptaron enérgicas respuestas para obtener las vacunas en grandes cantidades, buscando la inmunidad nacional.

 

La humanidad logró desarrollar, probar, aprobar, producir, distribuir y aplicar varias vacunas en menos de un año. En la tubería (pipeline) vienen un centenar de nuevas vacunas usando vías alternativas para generar antígenos y cumpliendo el estricto ciclo de ensayos; algunos países intentaron utilizar las vacunas como herramientas de “diplomacia vacunatoria” pero la modesta eficacia de algunas y la hipersensibilidad mediática del tema evitó que este mal se expanda.

 


 

SITUACIÓN ACTUAL

 

Pasaron largos meses hasta que la comunidad internacional – en acelerado proceso de vacunación – advirtió que la resistencia ideológica a las vacunas dificultaría su inmunidad local y que la no vacunación en los países pobres era una amenaza mucho menos abstracta de lo que se había estimado. Las nuevas variantes del SARS CoV2 vendrían de allí y podrían traer abajo todo el trabajo realizado.

 

El presidente Joe Biden había pedido que las patentes de las farmacéuticas se levanten para que se fabriquen como medicinas genéricas de bajo costo en el mundo. No ha insistido más en el tema pues la velocidad científica está ligada a la voracidad financiera y, sin incentivos, el coronavirus iría mucho más rápido que las vacunas, sería una batalla perdida.

 

Iniciando el 2021 las cumbres del G7 y el G20 incluyeron el tema como prioridad, pero los resultados fueron desalentadores: las donaciones de vacunas del primer mundo apenas ascienden a 1500 millones y la OMS estima que se necesitan 11 mil millones de vacunas para que los países más pobres lleguen a vacunación plena y, al lograr su inmunidad nacional, viabilicen la ansiada inmunidad global.

 

La aprobación de nuevas vacunas ampliará la oferta y bajará los precios; las vacunas de una sola dosis reducirán los tiempos y costos de las campañas, la aprobación de formatos no convencionales como las vacunas intranasales (spray) simplificarían los procesos y reducirían el rechazo, como también, se tendrán vacunas más estables y fáciles de conservar. Oferta habrá, pero la pregunta que queda flotando en el aire es: ¿quién pagará por ellas?

 


 

INMUNIDAD NACIONAL Y VARIANTE DELTA

 

Las naciones han avanzado notablemente en sus campañas de vacunación. Curiosamente, las potencias más importantes (China, Japón, EEUU, Alemania, Inglaterra) que iniciaron rápidas campañas de vacunación universal, se enfrentan a dificultades por la resistencia ideológica generada por la infodemia, mientras países más pequeños, pero políticamente estables (Israel, Chile, Uruguay), han alcanzado el umbral de inmunidad nacional aplicando un portafolio de vacunas diversificado.

 

 



El surgimiento y avance de la variante Delta ha obligado a revisar las estrategias nacionales, pues la eficacia (estudios clínicos) de las vacunas autorizadas y aplicadas fue demostrada en ensayos clínicos con la cepa primigenia y primeras variantes. Frente a la variante Delta, se debe medir directamente su efectividad (vida cotidiana) en la población; los resultados de respuesta a esta variante vienen siendo positivos, los casos de efectividad menor están haciendo necesario considerar la aplicación de terceras dosis de refuerzo, mientras la OMS clama por primeras dosis para África (2% de vacunación) y Haití (0.5% de vacunación).


 

 


LA INMUNIDAD GLOBAL

 

La razón del crecimiento de la variante Delta en el mundo es clara, no se han administrado vacunas a un número suficiente de personas y se levantaron las restricciones a la movilidad, sin gradualidad. La evidencia ha demostrado que el coronavirus viaja sin pagar indistintamente en clase turista, negocios y primera clase.

 

Algunos países superavitarios en vacunas han comprado tres o cuatro vacunas per cápita, pero deben entender que es mejor calcular terceras vacunas y donar los saldos para que la vacunación se extienda rápidamente y se cumplan los estimados iniciales de llegar a un mundo plenamente vacunado en el año 2023.




COVAX y la OMS existen, están preparados para hacerlas llegar a donde se debe, pero la acción debe ser inmediata, el tiempo sigue pasando, el virus sigue circulando en poblaciones grandes y cada día seguirá mutando. Si surgiese una variante con capacidad evasiva frente a estas vacunas, los excedentes no van a servir de nada. Es mejor donarlas y aplicarlas a tiempo.

 

 

 


CONCLUSIONES

 

La guerra contra el coronavirus ha estado tan avisada como la guerra contra el cambio climático: siguiendo las pautas de la OMS, el mundo esperaba estar vacunado plenamente a finales del 2023. Por el acuerdo de Paris, el mundo se comprometió a evitar que la temperatura global aumente más de 2oC en el año 2100.

 

Los resultados parecen ser los mismos en ambos casos: en lo climático, la indiferencia de la industria y del consumidor urbano vienen conduciendo un aumento en la temperatura global de 1.5oC en el 2031 y el 2100 aún está lejos. En el campo sanitario, cada país viene jugando su propio partido sin una perspectiva global, dejando amplio espacio al virus mutante. La inmunidad global nunca estuvo cerca y aún se ve lejana.

 

El mundo va aceptando que esta no es la única pandemia, es sólo la primera. También, la realidad obliga a aceptar que el coronavirus y la desigualdad se volverán endémicos, y debemos convivir con ellos. Por eso, son necesarios los cambios a todo nivel, tanto individual como colectivo. Necesitamos una gama de tecnologías de segunda generación que pasen de la actual rigidez a la alta adaptabilidad frente a nuevas variantes. Asimismo, inversiones para ampliar y desconcentrar los centros de fabricación, aproximándolos a los centros de consumo. Se necesitan dos o tres grandes centros fabriles farmacéuticos como India.

El mundo tiene hoy en día un arsenal de antibióticos de todo tipo y todo costo. La humanidad necesita tener un arsenal de vacunas con las mismas características. Incluso, nos queda la lección que la vacunación sin restricciones en forma de prevención (cuarentena) o de incentivo (no acceso sin vacuna), tiene serias limitaciones.

 

Otra gran lección es que no basta mirar la tasa de vacunación, también se debe invertir en conocer la tasa de seroprevalencia (la población infectada, muchos no detectados por el sistema sanitario). Es la combinación de ambas tasas la que garantiza la inmunidad colectiva.

 

Estos umbrales darán luz a la vida de los países vacunados, pero es lamentable que países de África, Haití y los del sur de Asia, tienen severos problemas estructurales por no poder pagar sus vacunas y no poseer capacidad organizativa. Allí reinará la oscuridad hasta que el primer mundo asuma su responsabilidad: el sol debe salir para todos.